La estructura formal del milagro indudable

“Muchos otros signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos pero no han sido escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es Cristo, el Hijo de Dios, y para que, al creer, tengáis la vida en su nombre” (Jn. 20:31).

“Mirad, menospreciadores, admiraos y anonadaos, porque voy a ejecutar en vuestros días una obra tal que no la creeríais si os la contaran” (Hechos, 13:41).

Los relatos fundacionales de los grandes sistemas religiosos consisten en un cúmulo de hechos históricos densamente cargados de explicaciones metafísicas y jalonados de elementos de carácter excepcional, así como un conjunto de normas éticas, dietéticas, ecológicas y, en general, relacionales. En el caso de las tres grandes religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo y islam, a su vez, tanto dichas normas como los sucesos narrados y, en ocasiones, la narración en sí misma, es defendida como proveniente de Dios, un ser omnipotente y omnisciente que envía mensajes a los seres humanos a través de sus profetas o, en algunos casos, mediante dichos hechos de carácter excepcional de los que se encarga el mismo Dios. Dichos hechos anómalos

son conocidos como milagros y sobre ellos centraremos la presente entrada.

El milagro es la prueba más palpable de la existencia de Dios en un mundo en el que dicho Dios no se muestra de forma evidente, habitual e innegable. Este problema queda cristalizado en la afirmación de Bonhoeffer, de que “el problema de Dios tiene su origen en Dios”, en su “invisibilidad” (Fraijó, 2015).

Los milagros son una pieza fundamental de dichos sistemas religiosos, tienen una función y una estructura relativamente constante y, adicionalmente, su estructura presenta importantes contradicciones dentro del sistema de teodicea global que cada relato se esfuerza en afianzar. De dicho análisis surgirán las condiciones de posibilidad de una familia de milagros “indudables”, es decir, imposibles de ser desmontados en tanto que milagros con independencia de los prejuicios de los que parta quien lo analiza.

Tenemos que tener claro que dada la distancia (histórica, pero también conceptual) que nos separa de los hechos narrados, cualquier análisis que llevemos a cabo sobre los textos sagrados estará mediado por nuestra actual concepción del mundo, con el grave e inevitable riesgo de proyectar categorías inconcebibles en aquellas épocas pero sin las cuales no podemos ni siquiera acercarnos no ya a dichos textos, sino a conocimiento alguno. No obstante, la eternidad de las verdades recogidas en estos textos  debe animarnos a abordarlos sin complejos históricos de ningún tipo y comprobar cómo se acoplan con nuestras categorías modernas o postmodernas.

Milagros: ¿qué milagros?

En los libros sagrados de las dos primeras religiones abrahámicas abundan los hechos más o menos excepcionales cuyo acontecimiento tuvieron el privilegio de presenciar unas pocas personas. Resulta llamativo, desde el principio del análisis, que la magnitud de los milagros vaya reduciéndose a medida que avanzan los años, quedando las grandes demostraciones del poder divino narradas en las primeras páginas del Antiguo Testamento (AT a partir de ahora), como plagas de Egipto, Diluvio Universal, apertura del “Mar de los juncos” y del Jordán, paralización del tiempo, destrucción de Sodoma, etc., que debieron afectar a cientos de miles, si no a millones de personas, a las más reducidas y discretas curaciones de enfermos, eclipses, pasos sobre las aguas, varias resurrecciones, algunos exorcismos o la multiplicación de panes y peces -este último al nivel del Antiguo Testamento- . En el Corán no hay milagros narrados, aunque el propio texto defiende que su misma narración y estructura es en sí milagrosa. Por el carácter diferenciado de dicho libro relegaremos su análisis a otra sección.

Los milagros que aparecen en el compendio de libros que llamamos Biblia pueden clasificarse en dos grandes grupos:

  • Narraciones de sucesos “presentes” anómalos o “milagros-hechos”: Experiencias en el mundo real que contravienen el devenir aparentemente natural de las cosas. Aquí deberían incluirse no sólo “eventos” experimentados por grupos de personas o “testigos” (“la gloria de Yavé se apareció a todo el pueblo” Lv. 9:23, por ejemplo), sino también los experimentados por una sola persona (como sueños, diálogos con Dios, apariciones, fecundación de la María) o, incluso, por ninguna pero que, aún así, permite la construcción de un relato milagroso (por ejemplo, la desaparición del cuerpo de Jesús de la cueva en la que estaba enterrado), aunque estos dos últimos casos violen el principio popperiano de contrastabilidad, exigible a todo suceso aspirante a devenir conocimiento.
  • Narraciones de sucesos futuros o profecías: Afirmaciones sobre hechos que en el momento de realizarse aún no han sucedido y son difícilmente deducibles cuando son proferidas. Estos hechos futuros no necesitan ser tan anómalos como los “presentes” pues la sola adivinación ya debe ser motivo de justificación (ejemplos de estas profecías abundan en tal número que el Antiguo Testamento tiene 17 libros agrupados bajo el nombre de “proféticos”; en el caso del Nuevo Testamento, encontramos profecías mayormente relacionadas con la inminente llegada del Juicio Final y del Reino de Dios, así como unas pocas relacionadas con la Pasión de Cristo -ya presente en el AT- y algunos detalles adyacentes).

Los milagros, como sostiene la cita de Juan con la que abríamos la Introducción, tienen una función proselitista clara, al facilitar la creencia en un Dios concreto si éste o sus representantes realizan actos prodigiosos de indudable veracidad. De hecho, no son pocos los profetas que participan, de motu proprio o coaccionados, en competiciones con magos paganos en distintos pasajes de la Biblia para demostrar que su Dios es más poderoso que el de los ilusionistas contratados al efecto. También Lucas comparte esa visión proselitista de los milagros, por ejemplo, en 10:13-14, cuando afirma “Que si en Tiro y en Sidón hubieran sido hechos los milagros que en vosotras (por Corazeín y Betsaida) se han hecho, tiempo ha que en saco y sentados en ceniza hubieran hecho penitencia”.

Atendiendo al primer grupo, dichos milagros a su vez presentan otra característica generalizada aunque no universal: son beneficiosos para los designios de Dios. Hasta el sacrificio de Jesús en la cruz (o en la estaca, según las versiones), hecho profetizado por el mismo Jesús, formaba parte del plan divino. Ejemplos en los que no queda clara la función del milagro, aparte del puro proselitismo, es la conversión de agua en vino en una boda porque éste se había acabado (Jn. 2:1-11) que, además, tiene el mérito de ser el primer milagro de Jesús según este evangelio. Otros ejemplos menos confusos son las innumerables curaciones de personas enfermas (enfermas, según el propio texto, para mayor gloria de Dios al curarlas milagrosamente Jn. 9:3), los exorcismos o la “suerte” de librarse de temporales marítimos. Los evangelistas realizan descripciones en muchos casos apasionadas sobre dichos eventos que faciliten a sus lectoras y lectores la fe en los mismos.

El caso de las profecías presenta varios inconvenientes propios: Por un lado, el mensaje no siempre queda claro. Sobre ello volveremos más adelante. Por otro, aunque todo el mundo entienda los acontecimientos profetizados, no pueden ser confirmados hasta que ocurren, con lo que a la famosa máxima cristiana “nadie es profeta en su tierra” cabría añadir, de forma einsteniana, en su “tierra-tiempo”. Por último, el conocimiento de las profecías genera en numerosas ocasiones (y sobre todo en el Nuevo Testamento de forma explícita) su propio cumplimiento: Jesús entra en burro en Jerusalén “para cumplir con la profecía”, o realiza un viaje a Cafarnaúm, según se cuenta, para cumplir con Is. 9:1 y ss.).

Sobre ambos tipos de milagros se sujeta todo el andamiaje conceptual, normativo y mesiánico en las tres grandes religiones monoteístas y forman parte inextirpable de su corpus dogmático.

El milagro-hecho, pues, aparece como demostración del poder de Dios, único capaz de saltarse las normas universales de la naturaleza. Es la excepción por antonomasia y, como tal, tiene un carácter proselitista. Resulta entonces evidente que esto crea una jerarquía de humanos en tanto que unos presenciaron hechos abiertamente sobrenaturales (aperturas de ríos y mares, lluvia de maná, multiplicaciones de comida…) y se convirtieron, y otros sólo pudimos aspirar a los relatos sobre dichos eventos. Resulta que la condena divina está relacionada con la increencia en los hechos narrados o presenciados, de forma que quienes presencian algo tan notable como lo citado tienen muchas más facilidades para creer. Ante esto se suele aducir la importancia de la fe como camino de salvación, que consiste exactamente en dar por buenas dichas narraciones aunque atenten contra nuestra experiencia y la de la totalidad de la “Historia secular” a la que hemos tenido acceso. El argumento de la fe como valor tampoco es inmune a crítica, pues quienes más garantizada tienen la salvación, y así se especifica en ocasiones de forma explícita, fueron personas cuya creencia no se basaba en la fe sino en la experiencia inmediata, evidente e innegable de contacto con lo divino, como pareció sucederles a Abraham, a Moisés, a Noé, a Isaías, a Elías, a David y, por supuesto, a María o a Jesús. Dichas personas experimentaron en su propia existencia los milagros, y más difícil tenían no creer en ellos que hacerlo si de verdad vivieron lo que narran. No puede ser, por tanto, la fe, lo que otorga el derecho a la salvación. Terminando con este punto, la condena divina se cebará sobre los grupos humanos que tuvieron la mala suerte de no convivir con grandes milagros en su época y zona geográfica (e Israel incluso dudo muchas veces de Dios aún después de haberlo seguido en forma de nube o fuego durante 40 años en el desierto), lo que negaría el principio de justicia divina, o teodicea. Así, la mera posibilidad de los milagros presenta un carácter problemático aún dentro del sistema de creencias de la propia religión.

El problema con los milagros-hechos, sin embargo, viene de mucho antes.

La primera gran crítica a la creencia en los sucesos milagrosos viene de Hume, y se apoya en los siguientes puntos (Hume, 1784):

  • “Ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a no ser que el testimonio sea tal que su falsedad fuera más milagrosa que el hecho que intenta establecer; e incluso en este caso hay una destrucción mutua de argumentos, y el superior sólo nos da una seguridad adecuada al grado de fuerza que queda y después de deducir el inferior”. Hume vincula su creencia en el milagro o en la falsedad del mensajero a una cuestión probabilística.
  • La gente tiene tendencia a creer en sucesos maravillosos y excepcionales, lo que puede anular sus facultades críticas cuando escuchan historias milagrosas.
  • No se han hecho milagros en zonas “civilizadas” del mundo y de forma pública, y la gente que cree en ello suele ser “ignorante, bárbara y poco civilizada”
  • Hay milagros en todas las religiones y creencias, con lo que el argumento milagroso se anula a sí mismo al no haber razones para considerar más probables unos que otros.

En esta lista hay argumentos matemáticos, lógicos, “históricos” y “psicológicos” que, a su vez, traslucen los prejuicios clasistas que el propio Hume tenía sobre otros grupos sociales. Dejando a un lado dichos argumentos psicológicos e históricos, podemos rescatar del padre del empirismo que la probabilidad de la invención o manipulación de una historia milagrosa es ampliamente mayor que su veracidad, y que si aceptamos la existencia de un milagro, estamos obligadas y obligados a aceptar los milagros reportados por cualquier otra creencia, aunque entren en abierta contradicción con la nuestra. Más aún, si en la historia maya (tan cuidadosa con la astronomía que adelantaba en cientos de años a la europea) no reporta una parada del sol en un cierto momento, nos encontramos con un conflicto lógico irresoluble.

Teólogos cristianos han echado mano de teoría probabilística para intentar desmontar el argumento de Hume que no suponen grandes cambios, a nuestro entender, de las tesis humeanas. Los “milagros-hechos”, desde Hume, están sentenciados al baúl de los relatos fantásticos o mitológicos, incluso para gran parte de las y los creyentes que los toman como relatos instituyentes de sentido (por ejemplo, relato del Génesis) más que como informes históricos tal y como entendemos hoy en día la Historia.

En cuanto a las profecías, tienen siempre que enfrentarse a la acusación de haber sido redactadas a posteriori, lidiando con Hume en tanto que “relatos-sobre-profecías”. Además, éstas presentan dificultades propias que en su presentación hemos apuntado y que disminuyen nuevamente sus posibilidades de aceptación general como milagrosas. Las que se cumplen a sabiendas deben quedar totalmente descartadas del análisis, pues previsiones y cumplimientos, cuando las partes en juego así lo desean, son la norma y no la excepción de cómo funciona el mundo. El segundo grupo presenta una relación ambivalente con la creencia: si se profetiza un hecho (milagroso, como el juicio final y la resurrección de los muertos, o no, como la cautividad babilónica), hasta que suceda (o no) no hay forma de contrastar lo afirmado. Se produce un limbo tanto más acuciante cuanto más lejos esté o desconocida sea la fecha de cumplimiento (como en el caso del Juicio Final). El papel de la fe y, por tanto, toda la crítica que hemos explicado previamente sobre ésta como papel redentor vuelve a caer sobre  dichas profecías. Cuando ha pasado el plazo, entra en juego el primer problema planteado a este tipo de profecías: la ambigüedad de su enunciado. Los relatos bíblicos de estilo profético suelen venir dados en lenguaje altamente simbólico y poético, muy cercano a la forma, onírica, en la que suelen revelarse. Esto ha permitido una variedad de interpretaciones tal que distintos grupos cristianos no se ponen de acuerdo sobre si ya ha empezado el Apocalipsis (de hecho, desde el año 1914, según los testigos de Jehová) o no. La ambigüedad, no obstante, parece tener un papel propio y declarado, al menos en el Jesús de los evangelios sinópticos. Por ejemplo, en Mc. 4:34 se nos aclara que “no les hablaba sin parábolas, pero a sus discípulos se las explicaba todas aparte”. Es decir, Jesús era deliberadamente metafórico a la hora de explicar su religión, pero a sus discípulos, llamados a predicar por todo el mundo tras su resurrección, se las explicaba aparte.

Una razón evidente sobre la deliberada ambigüedad de las profecías puede inferirse observando el horóscopo de cualquier diario o revista occidental: resulta fácil reconocer (o reconocerse en) un relato sin notas específicas. De hecho, esta fue la conclusión abrumadora de un experimento de los físicos Charpak y Broch (2003). Otras razones podrían ser, como también se ha apuntado, la habitual naturaleza onírica de las inspiraciones proféticas, por lo que sería difícil, aún con la mejor intención de o de la profeta, ser más específica y detallista de lo que ha sido.

El milagro indudable

“La generación mala y adúltera busca una señal”, Jesús, según Ma. 12:39.

Pero todo ello podría haber sido de otra forma. Bien es cierto que los caminos del Señor son inescrutables (de ahí la necesidad de la fe), y sin menoscabo de su omnipotencia, cabe plantearnos que hay condiciones formales que garantizarían, o habrían garantizado, la aceptación como milagro de un texto escrito hace 2000 ó 3000 años, cuando gran parte de los milagros narrados sucedieron. Con dicha familia de relatos, bien es cierto, no haría falta fe, y ello habría eliminado la incompatibilidad señalada con la justicia divina.

De un milagro indudable pediríamos las siguientes características:

  • No puede ser un hecho exclusivamente narrable históricamente: cualquier suceso que llegue como relato de tradiciones orales o escritas ha podido ser inventado y/o modificado.
  • Debe ser inmanipulable: ha debido dejar evidencia de su carácter milagroso generación tras generación generando un consenso claro en todas ellas.
  • Debe mostrar su carácter milagroso a todas las personas, sin excepción de su sistema de creencias.

Estas dos primeras características cierran la puerta a los hechos (y a sus narraciones), dejándola abierta a las profecías.

La tercera es sólo un corolario a la crítica del papel de la fe: si el milagro conecta con lo divino en todas las personas que tienen acceso a él, nos igualamos ante Dios en nuestra libertad (y, por ende, responsabilidad) a la hora de aceptar una u otra religión. Sólo a partir de entonces el Juicio Final será, en términos modernos, un juicio justo, y sólo para las personas que hayan podido acceder al milagro y, en su caso, “comprenderlo” o “vivirlo”.

En consecuencia, la estructura formal de tal familia de milagros debe satisfacer las siguientes condiciones:

  • Debe ser una profecía.
  • Su materialización no debe depender de las personas (ser un sistema caótico de primer orden[1] en términos matemáticos).
  • Las probabilidades de que la predicción acierte de forma aleatoria deben ser tendentes a cero y dicha probabilidad debe poder ser calculable (o al menos intuible) en todas las épocas.
  • Debe ser lo más concreto posible y huir tanto como pueda de la ambigüedad. Las alegorías, el lenguaje poético y la retórica favorecen, entre otras cosas, la duda sobre el carácter milagroso de una afirmación. Siguiendo a Hume: “en lugar de calmarlas, suscita aquellas dudas que naturalmente surgen de una investigación diligente y minuciosa.” (Hume, 1784).
  • Debe mantener la misma fuerza demostrativa de su carácter sobrenatural con el paso del tiempo. Más aún, debe ganar fuerza a medida que avanza la fuerza “antimilagrosa” de la previsible (en términos divinos) modernidad y cultura científica, así como a la erosión del paso de los años. Tiempo y evolución cultural deben funcionar como aliados del milagro.
  • Debe tener sentido en todas las épocas, ser útil o valorable para merecer entrar en la tradición oral o escrita y, así, perdurar como milagro.

Estas seis condiciones blindan a la profecía de cualquier duda sobre intervenciones humanas posteriores en cualquiera de los sentidos analizados previamente. Sin embargo, ni siquiera estas 6 condiciones permitirían un “juicio justo” a toda la humanidad, pues sólo serían enjuiciables quienes hayan vivido en tiempos posteriores a dicho milagro y hayan tenido noticias de él.

Cabe añadir que dichas condiciones no son un protocolo de decisión sobre la indudabilidad de un milagro, cosa que atañe a la recepción del mismo según criterios personales y subjetivos, como unas pistas de lo que podría haber sido un milagro que nos hubiera obligado a creer en él. También nos permite imaginar ejemplos que cumplen en mayor o menor medida con dichas condiciones si hubieran sido publicados hace 2000 ó 3000 años. Proponemos dos familias de ejemplos:

  • Ofrecer datos precisos y significativos desde aquella época de algunas constantes universales cuyo cálculo va afinándose con os años. Por ejemplo, Dar los primeros cientos de decimales de algún número irracional que actúe de constante universal (Pi, ó √2, por ejemplo, por citar dos números irracionales conocidos, por ejemplo, en la Grecia clásica).
  • Ofrecer datos precisos, significativos y públicamente comprobables de eventos naturales (astronómicos, geológicos, climatológicos, etc.) que, sin ser aleatorios, son impredecibles y quedan fuera del influjo humano. Algunos ejemplos concretos de ello serían dar un calendario de algunos siglos hacia el futuro de erupciones volcánicas, eclipses, explosiones de supernovas, lluvias o tormentas eléctricas, inundaciones o temporales marítimos.

Milagros quasi-indudables

En los textos sagrados de las religiones abrahámicas que, por ser monoteístas, más propensas son a describir las intervenciones del Dios único, encontramos algunos ejemplos (centrándonos exclusivamente en profecías) que cumplen con algunas de las condiciones  establecidas para la indudabilidad:

  • Antiguo Testamento (AT): El día en que se produzca el Juicio Final, resultará una profecía milagrosa e indudable para todas las personas presentes, lo que cumple con varias de las características exigidas. Sin embargo, no permite a las personas muertas antes de dicho día su comprobación y para la gran mayoría de la humanidad, necesariamente, dicha profecía quedará sin respuesta. Las profecías sobre las sucesivas conquistas o derrotas del pueblo judío en su avance por Canaan, así como las que versan sobre dinastías tampoco cumplen con la exigencia de no depender de los propios seres humanos que las sostienen. Otra buena parte de las profecías del AT versan sobre Jesucristo (algunas de las cuales no dependían del propio Jesús, como que de Belén nacerá el Rey de Israel (Mi. 5:1), que lo haría de una virgen (Is. 7:14)[2], y otras muchas, como se ha comentado en la primera nota al pié, sí y por tanto pueden tratarse fácilmente de profecías autocumplidas).
  • Nuevo Testamento: Jesús profetiza sobre su propia vida (incluyendo su propio final) en numerosas ocasiones en los Evangelios, de lo que ya hemos visto algún ejemplo. De entre las profecías no-personalistas, caben destacar las recogidas por Mateo en 24-26. Entre ellas, todas implican la intervención humana (destrucción del Templo, persecución de los primeros cristianos…) y, en algunos casos, además tienen un amplio margen de ambigüedad (La Gran Tribulación, que hoy en día, muchas comunidades cristianas asocian a la II Guerra Mundial, pero porque ésta fue mayor que la Primera, y aún no hay forma de saber si habrá una Tercera aún mayor). Las últimas que encontramos, nuevamente sobre el Juicio Final, son concretas y “naturales”, pero no repetidas ni contrastables hasta ese día. Hay una excepción a esto: Jesús dijo que su sucesor se llama Ahmad (nombre en Arameo de Muhammad), según Bernabé (Evangelio reconocido hasta el año 469). La “coincidencia” resulta notable, de no ser porque dicho Evangelio, parece estar escrito en la Edad Media y por tanto mucho después de la llegada de Muhammad. Este tipo de manipulaciones constituyen la viva prueba de la fuerza que un milagro concreto y contrastable tiene para convertir infieles.
  • Corán: Encontramos en el Corán por causas ajenas a este estudio, muchos ejemplos más cercanos a lo que hemos definido como “milagro indudable”, esto es, que versan sobre la naturaleza, que son profecías, y que, en cierta medida, son contrastables, nunca repetitivos y por tanto no válidos para todas las generaciones. Ejemplos de ello son la definición de los brillos del sol y luna (10:5), la asunción de la existencia de átomos (10:61), la afirmación según la cual el ser humano viene de “cieno oscuro transmutado” (15:26) (creado con gota de esperma y tierra, luego embrión (22:5), gota de esperma y célula embrionaria (23:14), triple oscuridad del feto (39:6), etc.), o sobre las 7 órbitas celestiales (23:17), idea tomada claramente de los 7 planetas ptolemaicos, o la afirmación de que el sol no alcanza la luna (36:40). Más sugerente es la afirmación de la expansión continua del “paraíso” en  51:47. No obstante, la ambigüedad terminológica de estos pasajes choca con la claridad de las normas del sura 24 “La Luz”, por ejemplo, sobre castigos.

Quizás el ejemplo de profecía más acorde con las condiciones propuestas no venga de una religión sino de una escuela filosófica materialista: el atomismo (400 a.C.), que ya vimos rescatado por el Corán, lo cual no dejaría de ser una paradoja reseñable.

No hay ningún milagro, ni siquiera los propuestos en la sección anterior, que verosímilmente cumplan todas las condiciones, pues ni la descripción matemática, por ejemplo, del número pi, es concluyente para la mayoría de las personas que pudieran acceder a ella, por lo que la mayor parte del conocimiento que manejamos descansa, en última instancia, en dogmas de fe sobre lo que otras personas han dicho y que, personalmente, no hemos experimentado o comprobado de forma alguna.
No obstante, lo propuesto define un gradiente hacia un límite asintótico en el que la fiabilidad de un milagro es mayor según cumpla, de forma más ajustada, con las condiciones dadas.
Todo lo dicho no prueba la inexistencia de Dios sino, acaso, la aparente injusticia voluntaria de sus demostraciones y, en todo caso, la inexcrutabilidad de sus caminos, pues “Dios no hace todos los milagros posibles” (Lc. 4:16-37).

¿Qué sucedió qué? Bienvenidxs a la #RealPolitik

Referencias

Charpak G., Broch, H. (2003): Conviértase en brujo, conviértase en sabio. La desmitificación científica  de las supersticiones y los fenómenos paranormales, Sine Qua Non, Ediciones B.

Fraijó, M. (2015): Avatares de la creencia en Dios, Artículo en El País, 1-Nov-2015.

Hume,   D. (1784, Ed. de 1992). Investigación sobre el entendimiento humano. Santa Fé de Bogotá, Norma.

[1] Por ejemplo, en el Antiguo Testamento (Za, 9:9), se afirma que el Rey de Israel entrará en un asno. Jesús, perfecto conocedor de las Escrituras según nos cuenta el propio Evangelio, “halló un asnillo, y montó sobre él, como está escrito” (Ju. 12:13-14).

[2] No podemos olvidar en este punto el problema hermenéutico con la palabra hebrea “almâ” que en otros pasajes del AT, por ejemplo en Cant. 6:8, se refiere a las esposas del harén del Rey de Persia, con un significado alejado del de “virginidad”.

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